CÓMO SE EDITA UN TEXTO: LAS CINCO REGLAS DE BOTSFORD

Daniel Gascón

manuscrito

[Gardner Botsford fue editor de The New Yorker. En este extracto de Life of Privilege, Mostly, expone unas reglas para editar un texto.]

A principios de 1948, la entrega de «Carta desde París» y «Carta desde Londres» se trasladó desde el domingo a un día más civilizado de la semana, y a mí me trasladaron con ella. Otra persona pasó a encargarse de las noches de domingo y empecé a dedicar la mayor parte del tiempo a editar largas piezas factuales:«Perfiles», «Reportajes» y textos de ese tipo. Seguí editando a Flanner y Mollie Panter-Downes –de hecho, a partir de entonces edité todo lo que cualquiera de los dos escribiese para la revista–, y también me asignaron a varios escritores de primera clase del New Yorker, con muchos de los cuales formé alianzas permanentes. Eso implicaba menos tiempo con los escritores de menor calidad con los que había…

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CÓMO SE EDITA UN TEXTO: LAS CINCO REGLAS DE BOTSFORD

CÓMO SE EDITA UN TEXTO: LAS CINCO REGLAS DE BOTSFORD.

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PSOAS: EL MÚSCULO DEL ALMA

PSOAS: EL MÚSCULO DEL ALMA.

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TESTAMENTO DE HEILIGENSTADT

 [1]

A MIS HERMANOS

KARL Y (JOHANN)[2] BEETHOVEN

 

Beethoven¡Oh vosotros, hombres que me consideráis lleno de odio, loco o misántropo, cuán injustos sois conmigo! ¡Vosotros no sabéis la razón oculta de que os parezca así!  Desde mi infancia, mi alma y mi corazón se inclinaron siempre al dulce sentimiento de la bondad. E incluso, siempre estuve dispuesto a realizar las más grandes acciones. Pero daos cuenta de mi terrible estado desde hace seis años, empeorado por médicos sin discernimiento, engañado año tras año, con la esperanza de mejorar para, al final, tener que admitir perspectivas de una enfermedad crónica, cuya curación requerirá años si es que no es completamente imposible. Siendo por naturaleza de temperamento activo y apasionado, incluso aficionado a la vida de sociedad, hube de apartarme de los hombres desde muy pronto, para hacer una vida solitaria. Y cuando alguna vez he tratado de superar todo esto, ¡cuán duramente me tropezaba con la triste y renovada esperanza de mi defecto! Y, sin embargo, no podía decir a los hombres: “¡Habladme más alto, gritad; soy sordo!”¿Cómo hubiera podido revelar la debilidad de un sentido, que debiera ser en mí más perfecto que en nadie, un sentido que yo he poseído antaño en toda su plenitud, con la perfección que indudablemente pocos de mi profesión han tenido? ¡Esto no puedo soportarlo! Por lo tanto perdonadme si vivo apartado, cuando quisiera estar en vuestra compañía. Mi desgracia es doblemente penosa, puesto que a ella le debo que se me juzgue mal. Me está vedado encontrar alivio en la sociedad, en las conversaciones apacibles, en las mutuas efusiones. Solo, completamente solo, no puedo aventurarme en el mundo sino cuando me lo exige una necesidad imperiosa.  He de vivir como un proscrito. Si me acerco a un grupo, me sobrecoge el temor de que puedan darse cuenta de mi estado. Esta es la razón de los seis meses que acabo de pasar en el campo. Mi competente médico me recomendó que cuidara mi oído todo lo posible; con ello no hizo más que ajustarse a mis propios deseos. Y, sin embargo, muchas veces me he dejado arrastrar por mi afición a la conversación. Pero, ¡Que humillación cuando había alguien a mi lado que oía una flauta lejana y yo no oía nada, o cuando el otro oía cantar al pastor y yo tampoco podía oírlo! [3]Cosas como estas me sumían en la desesperación y poco faltó para que yo mismo me quitara la vida. Es el Arte, sólo el arte, lo que me ha contenido. Me parecía imposible dejar este mundo sin realizar todo aquello que yo comprendía que me había sido encomendado. Y así prolongaba esta vida miserable¾verdaderamente miserable¾y este cuerpo mío tan irritable, que a la menor mudanza puede hacerme pasar de la felicidad a la desesperación.  ¡Paciencia! Así se dice, y la paciencia es lo que ha de servirme ahora de guía. La tengo. Espero que mi propósito de resistir hasta que las Parcas inexorables quieran cortar el hilo de mi vida sea duradero.

¡Dios mío, Tú que penetras desde tu altura en el fondo de mi corazón, Tú le conoces y sabes que esta henchido de amor hacia los hombres y de deseo de hacer el bien! Sabed, hombres, si algún día leéis esto que habéis sido injustos conmigo. Y que el desventurado se consuela al encontrar otro tan desdichado como él, que a pesar de todos los obstáculos de la naturaleza, ha hecho, sin embargo, cuanto estaba a su alcance para ser admitido en la filas de los artistas y de los hombres escogidos.

En cuanto a vosotros Karl,  y (Johann), hermanos míos, tan pronto como yo muera, y si el profesor Schmidt vive todavía, rogadle en mi nombre que describa mi enfermedad y unid el historial a esta carta para que, después de mi muerte, el mundo se reconcilie conmigo en la medida de lo posible.

Al mismo tiempo, os nombro a ambos herederos de mi pequeña fortuna (si es que se puede llamar así). Compartirla honradamente, estad siempre unidos y ayudaos uno a otro. Ya sabéis que os he perdonado hace mucho tiempo el daño que hayáis podido hacerme. A ti, Karl, te estoy especialmente agradecido por el afecto que me has mostrado en estos últimos tiempos. Mi deseo es que vuestra vida sea feliz y libre de preocupaciones que la mía. Recomendad a vuestros hijos que sean virtuosos; solo la virtud me ha sostenido en mi miseria, y a ella, y a mi arte, les debo no haberme suicidado. Quedad con Dios y amadlo. Mi agradecimiento a todos mis amigos, en particular al príncipe Lichonwski y al profesor Schmidt. Quisiera que los instrumentos del príncipe L. pudiesen ser conservados por alguno de vosotros, pero que no haya desavenencias entre vosotros por este motivo. Si puede serviros de algo, mejor vendedlos inmediatamente. Seré sumamente feliz si hasta en la misma tumba puedo serviros para algo. Siendo así, voy con alegría al encuentro de la muerte.  Si esta viene antes de que haya podido desarrollar toda mi capacidad artística es que viene demasiado pronto para mí, y,  a pesar de mi triste destino quisiera retrasarla. Pero aún así, estoy contento. ¿Acaso no me redime de un sufrimiento continuo? Ven cuando lo desees, salgo valerosamente a tu encuentro. Quedad con Dios, y no me olvidéis del todo cuando muera;  merezco que os acordéis de mí porque durante toda mi vida he pensado mucho en vosotros, para haceros dichosos… ¡Así lo seáis!

 

LUDWING VAN BEETHOVEN

Heiligenstadt, 6 de octubre de 1802

 

[1]Heiligenstadt, es un barrio de Viena en el que Beethoven pasaba entonces una temporada.

[2] El nombre ha sido olvidado en el manuscrito.

N.B. Las palabras en cursiva están subrayadas en el manuscrito.

[3] A propósito de esta queja dolorosa, quisiera hacer una observación que, según creo, no se ha señalado nunca. Es sabido que al final del segundo tiempo de la Sinfonía Pastoral, la orquesta imita el canto del ruiseñor, del cuco y de la codorniz; incluso puede decirse que toda la sinfonía está urdida con canciones y murmullos de la Naturaleza. Los estéticos han discutido mucho sobre si se debían aceptar o no estos ensayos de música imitativa. Ninguno se ha percatado de que Beethoven no imitaba nada,  puesto que nada oía; volvía a crear en su espíritu un mundo que ya estaba muerto para él. Esto es lo que hace tan conmovedora esta evocación de los pájaros. La única manera que le quedaba de oírlos era haciéndolos cantar dentro de sí mismo. (Romain Rolland-1915)

 

 

 

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Y cuando llego la 846ª noche…

Y cuando llego la 846ª noche….

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CREATIVIDAD Y RESPONSABILIDAD

406719_186014428162384_100002614847917_316812_449719803_nParís, 17 de Febrero de 1903

Mi estimado señor:

Hallé su carta hace apenas unos días. Quiero darle las gracias por su gran afecto y confianza. Siento no poder hacer más; no puedo juzgar la forma de sus versos, porque la intención crítica está demasiado alejada de mí. No hay cosa más deficiente que tocar una obra de arte con palabras críticas: siempre van a surgir interpretaciones equívocas más o menos felices. Las cosas nunca son tan evidentes y claras como generalmente se pretende hacernos creer. La mayoría de los hechos no tienen explicación lógica; se cumplen en espacios en los que jamás entró una palabra; y lo más inexplicable de todo es una obra de arte, existencia misteriosa, cuya vida es eterna y opuesta a la nuestra, que se desvanece. 
Después de esta advertencia, puedo añadir que sus poemas no tienen una forma propia, pero si tienen un callado y escondido principio de personalidad. Con mucha claridad lo percibo en la última poesía: “Mi alma”. En ella, algo particular en usted quiere llegar a fundir palabra y música. Y en el hermoso poema “A Leopardi” toma cuerpo una especie de cercanía con aquel grandioso solitario. Sin embargo, estos poemas, aún no se mantienen por si mismos; no tienen independencia; ni siquiera el último y el dedicado “A Leopardi”. La amable carta que acompañó sus poemas, me explica algunas deficiencias que encontré al leerlos, pero no puedo señalarlas. 
Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Anteriormente le preguntó a otros. Los lleva a las revistas. Los coteja con otros, y se preocupa porque algunas reacciones los rechazan. Entonces (como usted me ha permitido aconsejarlo), le suplico que abandone eso. Usted mira hacia fuera y, es precisamente lo que no debe hacer ahora. Nadie puede aconsejarlo ni ayudarlo, nadie. Solamente existe una manera: entre en sí mismo. Descubra el fundamento que lo lleva a escribir; investigue si tiene raíces en el lugar más profundo de su corazón; reconozca si para usted sería necesaria la muerte en caso de ser privado de escribir. Esto ante todo: pregúntese en la hora más callada de la noche: ¿debo escribir? Busque en lo mas profundo de símismo la respuesta. Y si esta es afirmativa, si enfrenta esta grave pregunta con un seguro y sencillo “debo”, siendo así, edifique su vida conforme a tal necesidad: su vida, aún en la hora más insignificante y pequeña, debe ser signo y testimonio de ese acto. Entonces, trate de expresar como el hombre primigenio lo que ve y siente, lo que ama y pierde. No escriba poesías de amor; sobre todo, apártese de las formas demasiado comunes y que se encuentran con facilidad: son las más difíciles, porque se necesita mucha madurez para aportar algo propio donde existen en cantidades buenas y, en parte, sobresalientes tradiciones. Por tal motivo, líbrese de los motivos generales y tome los que le ofrece su diario devenir. Muestre sus tristezas y deseos, los pensamientos que acuden a su muerte y su fe en algo bello; muestre todo eso con profunda sinceridad interior, serena, sumisa, y para expresarse, use los objetos de su entorno, imágenes de sus sueños y las cosas esenciales de sus recuerdos. Si su vida cotidiana le parece pobre, no la culpe, cúlpese a usted mismo, reconozca que no es lo suficiente poeta para encontrar en ella sus riquezas. En los creadores no cabe la pobreza, ni los lugares pobres e indiferentes. Y aunque usted 
estuviera en una cárcel sin poder percibir los rumores del mundo exterior, ¿no tendría siempre su infancia, esa riqueza preciosa, grandiosa, fuente inagotable de recuerdos?. Regrese a ella su mirada. Intente aflorar las brumosas sensaciones de tan inmenso pasado; se fortalecerá su personalidad, se acrecentará su soledad y se hará un lugar a la sombra, en el cual, el estrépito de los otros pasa de largo y lejano. Y si ese regreso a lo interior, de ese adentrarse a su propio mundo brotan versos, no acuda a nadie para saber si sus versos son “buenos”. Tampoco intentará que las revistas literarias se interesen en sus trabajos, pues los verá como una preciosa propiedad natural, un pedazo y una voz de su vida. Una obra de arte es buena cuando surge de la necesidad de crearla. En esa naturaleza de origen está implícito el juicio: no hay otro. Por eso, mi querido señor, no podría darle otro consejo que este: penetrar en sí mismo y encontrar las cosas más profundas de su vida. Esa es la fuente en la cual usted encontrará la respuesta a su pregunta si debe crear; tómela como suene, sin explicaciones. Tal vez suceda que usted está llamado a ser artista. Si es así, acepte su destino y llévelo con su sufrimiento y su grandeza, sin preguntar jamás por la recompensa que hallará afuera. Pues el creador debe ser un mundo en sí mismo, encontrar todo en sí y en su propia naturaleza. 
Tal vez después de esta comunión con su mundo interior y sus soledades, debe renunciar a ser poeta (sería suficiente, como he dicho, sentir que se puede vivir sin escribir, para definitivamente no hacerlo). De cualquier forma, tampoco habría sido en vano el recogimiento interior en que le insisto. En todo caso, partiendo de ahí, su vida encontrará sus propios caminos, y le deseo que sean dichosos, ricos y amplios, se los deseo mucho más de lo que soy capaz de expresar. ¿Qué más le diría? Creo haber realzado todo en su debida forma: para terminar, solo deseo aconsejarle que progrese en su evolución en forma sosegada y sincera: no podría sufrir un deterioro más desastroso, si mira hacia el mundo exterior y espera de él una respuesta, a preguntas que solamente podrá contestar desde su interior, acaso, en la hora mas callada. 
Fue para mí una alegría encontrar en su carta el nombre del profesor Horacek; conservo hacia ese bondadoso sabio, una profunda admiración y respeto que perdura en el tiempo. Si usted es tan amable, le encomiendo que le haga conocer mis sentimientos; es mucha bondad de su parte que aún me recuerde, y lo sé apreciar. 
Ahora, le devuelvo los versos que me confió tan amistosamente. Agradezco de nuevo su cordialidad y confianza, de la cual, con esta sincera respuesta, dada en la mejor forma que sé, trato de hacerme un poco más digno de lo que en realidad soy, por mi condición de desconocido para usted. Con fervor e interés.

Rainer María Rilke
Cartas a un joven poeta
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Encantamientos

_01010Es más bien la incapacidad de querer la que arrebata a los seres humanos sus posibilidades. Este mundo está vacío para quién no sabe orientar su libido hacia los objetos, otorgándoles vida y embelleciéndolos. Así, lo que fuerza a una persona a buscar un sucedáneo dentro de sí mismo, no es la carencia de objetos exteriores, sino su incapacidad de abrazar con amor algo que está fuera de él. […]

La mencionada regresión parece provenir de que la libido es sobremanera perezosa y de que no quiere abandonar al pasado ningún objeto, sino retenerlo para siempre. 

La Rochefoucauld dice que esa pereza es también una pasión:

“De todas las pasiones, la que más desconocemos es la pereza; es la más ardiente y la más maligna, aunque su violencia sea insensible y muy escondidos los daños que causa. Si consideramos su poder atentamente, veremos que en todos los encuentros se adueña de nuestros sentimientos, intereses y placeres: es la rémora que tiene la fuerza de detener los buques más grandes, es una calma más peligrosa para los asuntos importantes que los escollos y las tempestades. El descanso de la pereza es un encanto secreto del alma que suspende repentinamente la más afanosa empresa y las más tenaces resoluciones. En fin, para dar una idea de esta pasión, hay que decir que la pereza es como la beatitud del alma, que consuela de todas sus pérdidas y le suple todos sus bienes”…

La génesis del héroe, Capítulo IV
Carl Gustav Jung.
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